
Marzo de 2002.
Financiamiento y subdesarrollo, más allá de lo anecdótico
Por: Cuitláhuac Osorio
Los dimes y diretes entre Fidel Castro y el gobierno mexicano han oscurecido los problemas de fondo planteados en la cumbre para el financiamiento de la ONU, realizada en Monterrey hace algunas semanas. Es una pena, pues existe una gran diversidad de opiniones, generalmente encontradas, que podrían ayudar a entablar un debate sustancial en torno al problema.
Por un lado, encontramos los señalamientos que valoran como positivos los logros de dicho evento; que se obtuvieron buenos resultados y que los países industrializados adquirieron un compromiso claro por fomentar el desarrollo, y que los países en vías de desarrollo, por otro lado transparentarán y garantizarán el buen uso de los recursos que reciban de los primeros. En el caso de México como país anfitrión, señalan que resulta favorecido al fortalecer su liderazgo como país puente entre los más y menos favorecidos, incluso llegan a señalarnos como un país emergente más cercano al desarrollo que a la pobreza. Del otro lado de la moneda, encontramos las opiniones que nos señalan que no se puede hablar de un consenso cuando el documento presentado como resultado de la reunión ya estaba elaborado, y que si bien contiene pronunciamientos para incentivar el desarrollo de los países subdesarrollados, éste siempre se encuentra condicionado al cumplimiento de políticas definidas por los organismos financieros internacionales y que el monto de los recursos comprometidos representan migajas frente al gasto que ejercen estos países en armamento o frente al pago de intereses que realiza el tercer mundo cada año por concepto de deuda externa. Para México, señalan, representa un grave retroceso, significa olvidar la tradición de los principios de nuestra política exterior dejando atrás principios fundamentales como la no intervención y libre autodeterminación de los pueblos. Lo anterior, destacan, queda demostrado con la actitud vergonzosa de Castañeda quién parece más el representante de los intereses norteamericanos en nuestro país que nuestro Secretario de Relaciones Exteriores.
Pero olvidemos las controversias anecdóticas y analicemos si el modelo económico prevaleciente durante las últimas décadas puede continuar como hasta ahora y si de la cumbre de Monterrey en realidad se desprenden compromisos claros en beneficio de un amplio sector de la población mundial que se encuentra desesperanzada.
Como señala Anthony Giddens, el famosos ideólogo detrás del concepto de la “tercera vía”, lo que ahora se discute no es si la globalización existe o no. Frente a hechos concretos como el que diariamente entren al mercado financiero dos trillones de dólares no hay duda de que está ahí; pero más allá del aspecto financiero, nos señala este autor, la revolución de las comunicaciones constituye el elemento determinante para su florecimiento. Lo que hoy está sobre la mesa de la discusión son las consecuencias reales de los cambios que trae consigo.
Lo que hoy se cuestiona es si es válido que un reducido grupo de potencias decidan el rumbo de toda lo humanidad y si el saldo de venir aplicando este modelo es sostenible. Cuando la pobreza extrema alcanza a 1,200 millones de personas, 854 millones de adultos analfabetos, 325 millones de niños sin acceso a la educación, y la muerte anual de 11 millones de niños menores de 5 años por causas evitables, resulta evidente que algo no funciona bien. Lo que también se cuestiona es si el modelo económico neoliberal impuesto como condición para recibir apoyo de los organismos financieros internacionales ha contribuido a mejorar las condiciones de vida de los habitantes en donde se ha aplicado o si ha generado más desigualdades. “Las instituciones financieras internacionales han impulsado una ideología particular -fundamentalismo del mercado- que no es buena ni como política ni como economía; se basa en premisas relativas al funcionamiento de los mercados que no se sostienen ni en los países desarrollados, mucho menos en naciones en desarrollo. El FMI ha postulado estas políticas económicas sin adoptar una visión más amplia de la sociedad ni de la función de la economía en la sociedad. Y las ha impuesto en formas que han socavado las democracias emergentes.”
Lo que llama la atención es que frente al problema de la recesión global, aquellos países defensores a ultranza de este modelo económico, han respondido con medidas que antes se hubieran satanizado si se hubieran aplicado o inclusive solo propuesto por otros países. Así el aumento del gasto público y la reducción de impuestos para reactivar la economía en Estados Unidos, son políticas contrarias al modelo neoliberal que ahora se están aplicando: 40 mil millones de dólares para la reconstrucción de los daños del 11 de septiembre y contra el terrorismo, 15 mil millones de ayuda directa a las compañías aéreas, más 75 mil millones adicionales para impulsar la demanda.
El problema de pobreza y la falta de desarrollo se agrava con el de una tremenda desigualdad. Baste solo ver que se requieren 44 millones de dólares anuales para que la población mundial, sin excepciones acceda a la enseñanza básica, a la salud, alimentación, agua limpia y saneamiento. Esta cifra equivale a menos del 4% de la riqueza que acumulan las 225 personas más ricas del mundo. En México, los beneficios de aplicar este modelo se han concentrado en el 30 por ciento más rico de la población, sobre todo en el 10 por ciento más alto. Los de abajo han ganado poco, y muchos están peor.
En el documento, arrogantemente denominado como “Consenso de Monterrey”, se exhorta a los países desarrollados a destinar el 0.7% de su producto interno bruto (PIB) como ayuda para los países en desarrollo y entre el 0.15% y el 0.20% de su PIB a los países menos adelantados. Así también, señala que se deberían considerar activamente y sin tardanza medidas para el alivio de la deuda externa, dada la importancia de restablecer la viabilidad financiera de los países en desarrollo con un nivel insostenible de endeudamiento.
Los países firmantes por otro lado se comprometen entre otras acciones, a adoptar políticas racionales, promover una buena gestión pública en todos los niveles y respetar el estado de derecho, movilizar sus recursos internos, atraer corrientes financieras internacionales, fomentar el comercio internacional como motor del desarrollo, incrementar la cooperación financiera y técnica internacional en pro del desarrollo, promover una financiación sostenible de la deuda, y aumentar la coherencia y cohesión de los sistemas monetarios, financieros y comerciales internacionales.
La libertad, la paz y la seguridad, la estabilidad interna, el respeto de los derechos humanos, incluido el derecho al desarrollo, y el estado de derecho, la igualdad entre los géneros, las políticas con orientación de mercado y el compromiso general de crear sociedades justas y democráticas son también compromisos que se incluyen en el documento. Como se verá es una carta de buenas intenciones, si consideramos que la aplicación de las mismas se analizará durante la conferencia internacional de seguimiento, cuyas modalidades se decidirán hasta el 2005. Más aún, si consideramos que frente al compromiso de los países en vías de desarrollo, de adoptar el modelo económico determinado por los organismos financieros internacionales, y el establecimiento de condicionantes como son la de el respeto a los derechos humanos, el estado de derecho y la del compromiso de crear sociedades justas y democráticas, en las que no se dice quién o quienes van a ser los que determinen si se cumplen o no, y cuales van a ser los criterios reales para su interpretación, Estados Unidos, solo se haya comprometido a aumentar en 5,000 millones de dólares los 10,000 millones (un 0.1% de su PIB) que aporta en la actualidad, mientras que la Unión Europea se comprometió a pasar del 0.33% del PIB al 0.39%. Ambos compromisos distan mucho del objetivo del 0.7%, del PIB, sobre todo si consideramos que el gobierno de George W. Bush ha incrementado oficialmente su presupuesto militar en cerca de 20 por ciento, es decir casi 300 mil millones de dólares.
“El problema de que el FMI y por tanto la comunidad financiera ponga las reglas del juego no es sólo cuestión de valores (aunque eso es importante), sino también de ideología. Predomina la visión del mundo de la comunidad financiera, pese a que está apoyada por muy pocas evidencias. De hecho, mantiene con tal fuerza sus creencias sobre temas claves, que le parece innecesario darles sustento teórico y empírico.”
De acuerdo a Joseph E. Stiglitz el secreto de aquellos países que han logrado que los beneficios del desarrollo lleguen a los pueblos más desfavorecidos, que se distribuyan con equidad y que no se hayan concentrado en unos cuantos, se encuentra en haber manejado la globalización por si solos; estuvieron en condiciones de controlar los términos en que se involucraron en la economía global. En contraste señala, las naciones que han dejado que la globalización les sea manejada por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y otras instituciones económicas internacionales no han obtenido tan buenos resultados. El problema, concluye, no reside en la globalización en sí, sino en la forma de manejarla.
México debe buscar su propio camino. No rehusar a los hechos dados de la globalización pero tratando de acercar el desarrollo a los que menos tienen, buscando abatir la enorme desigualdad imperante, invirtiendo en salud y educación y buscando acercar las mismas oportunidades para todos los mexicanos. Los mexicanos debemos recordar de una manera muy clara cual ha sido a grandes rasgos el camino de nuestro país; por qué unos objetivos se han cumplido y por qué otros no, si no actuamos de esta manera seguramente repetiremos errores a un costo mucho más elevado. En ese sentido más allá de saber si el Gobierno cubano o el mexicano es el más tramposo, vale la pena revisar la historia y entender porque en nuestra carta magna se sostienen los principios de la no intervención y libre autoderminación de los pueblos. Por eso llama poderosamente la atención los comentarios ligeros del presidente Fox cuando al referirse a la intervención del Presidente Castro nos dice que “ … es un discurso que no cambia desde hace 50 (sic) años”. Más allá de que esto sea verdad o mentira no es el tipo de comentario que se espera de un jefe de Estado frente a su homólogo. Lo pudiéramos esperar de Estados Unidos, no en el caso de México.